ella extraña

Está mirando llover por la ventana, hasta que decide que odia el gerundio y replantea. Mira llover por la ventana. La distrae la intromisión de un pensamiento introspectivo en la evasión gramatical que era su mente hasta el momento. Así que esto es su ausencia. Así que más que nostalgia es esta indolencia que la congela, que le impide llorar y patalear porque él se fue. Porque tarde o temprano tenía que irse.


Realmente quisiera hacer un poco de drama, escribir que lo extrañará hasta el final, cortarse las venas (aunque fuera metafóricamente) pero sabe que no le es posible extrañarlo más, que sólo le queda el vacío, la inmovilidad frente a una ventana, la certeza de esa resignación.

Mira llover, cierra los ojos y sabe que ya no llueve en su interior. Recuerda que “Únicamente los niños solitarios pueden ir acumulando todos sus amores; los demás van gastando sus sentimientos en charlas mundanas.” (Stefan Zweig, Carta de una desconocida)

Ella espera

La verdad le daba un poco de pena admitirlo, pero ese lunes lo esperó hasta que fue doloroso. También lo esperó el martes, el miércoles. Ella Penélope, sentada en el lugar de siempre, con la ansiedad de siempre. Hasta le hubiera gustado saber tejer para matar un poco el tiempo. Después pensó que si fumara la espera sería un poco más entretenida. La gente que fuma por lo menos debía verse más interesante de lo que ella se miraba. Sostenía un libro en las manos, pero no podía concentrarse en la lectura, abandonaba la página cada veinte segundos y lo buscaba. Nada. A veces le parecía que él la espiaba de lejos, como si quisiera asegurarse de que lo esparaba todo el tiempo. Como si quisiera comprobar que era cierto que ella estaba ahí, esperándolo. Ella desazón, ella malhumor, ella nostalgia. Nada. Ella certeza, él tampoco vendrá hoy.


ella sueña

El sueño fue tan real y vívido que cuando despertó se le quedó pegado a la piel. Abrió los ojos y tuvo que respirar profundo para no echarse a llorar en ese momento.


Desde pequeña ha soñado incoherencias; sueños llenos de vacíos y cosas inexplicables, por lo que este sueño tan lúcido la hizo sentirse especialmente afectada. Esta vez no hubo pasajes oscuros y saltos temporales. Esta vez fue distinta, la linealidad del sueño le pareció incluso brutal. Él la amaba y un momento después ya no. Cerró los ojos e intentó meterse de nuevo en la atmósfera de la que salió al despertar. Intentó volver a ese mundo y luchar por él, pero él ya no la amaba; pero ella estaba despierta y muy lejos.

Pasó el día tratando de no pensar, de estar ocupada todo el tiempo para no recordar que el sueño le dejó un frío que no se quitaría con café. Pasó el día tratando de no pensar, de no detenerse, de no estar triste.


Mi primer libro

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