viernes, 4:57 p.m.

Tengo ganas de comprarme unos zapatos que no necesito con dinero que no tengo y que, además, son estúpidamente caros. Pienso que ese acto de consumismo compulsivo responde a algún tipo de carencia que, por lo pronto, no tengo ganas de analizar. Quisiera, de alguna manera, asegurar que todo empezó cuando caí en la cuenta de que se acerca el tal día de los enamorados (claro, en las tiendas quitaron los árboles de navidad para poner cuadernos y en menos de un mes todo está lleno de corazones) y que esa celebración no me hace bien; pero no, esa sería la salida fácil.

Hace muchos días que no venía por acá, porque a veces me pasa eso de convertirme en una ostra que no tiene mucho que decir; que deja pasar los días por si alguna cosa trascendental ocurre, pero no pasa nada. Hoy no estoy desilusionada, estoy más bien cansada y quisiera tener un par de botas nuevas, quisiera que me cuentes una historia que me haga sentir bien. Me propongo a escuchar a Café Tacuba mientras pienso en otras cosas que debería comprar y que tampoco compraré.




hoy en el jardín

El sol corresponde al de cualquier día de enero a la 1:10 p.m. Estoy en el jardín, acabo de almorzar y me quedo en silencio, con un libro entre las manos. Estoy sentada en la grama, tengo la espalda apoyada en una grada, abrazo mis rodillas y comprendo que tengo el corazón hecho un ovillo. Quisiera acurrucarme, llorar. Soy un muñequito de plasticina que alguien aplastó y dejó deforme. Soy una perfecta imbécil hasta que recuerdo que no soy perfecta y entonces me sé imbécil nomás. Tengo algunas cosas más que contarte, pero por lo pronto moriría por un abrazo sin explicaciones.



lo que pasa es que a veces importa

Mi mamá cree que Libélula es un mal nombre; a mí me gustaría que la tienda se llamara así. Dejo la discusión por la paz y pienso en que alguna vez tendré una tienda y se llamará así. Mi trabajo se va convirtiendo en una suma estéril de páginas leídas y libros que son parte de una estadística que incluir en un informe que nadie lee. Dejo la utopía por la paz y pienso que alguna vez recuperaré mi trabajo de los sueños, que las ideas deben ser más que una suma de horas. Mis poemas no salen de mi temática usual. Dejo de ver hacia adentro e intento hablar del resto. Intento convencerme de que puedo salir del agujero, de que no es para tanto.


Vos estás en otro ámbito, ni siquiera logro incluirte en el recuento de mis dudas. Me gustaría que un día decidieras que no podes vivir sin mí y vinieras a buscarme. Me gustaría gustarte y no tener miedo. Supongo que eso tampoco importa.


algunas ideas dispersas II

El hombre perfecto que vive en mi cabeza responde al nombre de Joe cuando aparece en mis sueños; tiene el pelo castaño, algo rizado y lo suficientemente largo como para que algunos colochos se escapen del gorro de lana que usa cuando hay frío en el mundo. Me gusta su cuello, sus piernas cuando se acuesta a mi lado, boca abajo y me cuenta historias. Entiende a qué me refiero cuando digo que lo conozco como a alguien a quien nunca he encontrado, que lo espero como a aquel a quien nunca encuentro. Tiene los dedos largos y sabe dejarme llorar, sin hacer preguntas. Sabe que en mi cabeza tiene una boca como la de Icarus Holmes, pero que es la suya la que me gusta besar.



algunas ideas dispersas I

Hace algunos días tengo ganas de hablar del hombre perfecto que vive en mi cabeza. Por lo pronto diré que su boca es como la de Icarus Holmes:



justo antes de dormir

Sabines habla de amor. Su voz llega remota desde la esquina de mi cama donde mi computadora reproduce su recital en Bellas Artes. Yo estoy hecha un ovillo mientras lo escucho con los ojos cerrados y pienso en tu boca, en tus piernas vistas desde atrás. El frío está del diablo y no logro dormirme. Por primera vez en mucho tiempo sé lo que espero. Me vale madre esa vil amenaza de "lo que quieres no es lo que necesitas"; porque en realidad nadie necesita meterse una pelea a doce asaltos con vos, aunque eso sea este amor de un día a la vez que te guardo. Yo tampoco lo sé de cierto, pero te espero.


día de reyes

Tengo catarro (me gusta cómo suena esa palabra, por lo menos me gusta más que gripe) pero a pesar de ello he estado de buen humor. Tengo una ventana frente a mí, a un amigo en el chat y la certeza de tu presencia en mi mundo (mejor que la certeza de tu presencia en el mundo, así, en general). Tengo una lista enorme de cosas por hacer, una antología de cuentos brasileños por terminar de leer y la muerte del tacuazin en mi conciencia. Tengo un par de noches con sueños que no recuerdo exactamente y un escritorio que a dos días de haber empezado a trabajar de nuevo, ya está desordenado. Tengo ganas de ir al cine, de platicar con vos. Tengo ganas de escribirte, así que mejor me voy por un café.



Cuando desperté, ya era el 2010

Me tomó más de una semana ordenar ese nido que tengo como cuarto, incluso hice la cama y lavé la alfombra. Ordené librera y libros y descubrí que soy una coleccionista irremediable de libretas en blanco. Tengo cualquier cantidad de cuadernos y libretas que son como la promesa de millones de poemas y cuentos que alguna vez escribiré. Serán hermosos y terribles, serán cautivadores, silenciosos. Sí, serán cortos y llenos de adjetivos porque siempre se me acaban las palabras y por ello soy madre de miles de inconclusiones. 


Es cierto, me gustan las libretas nuevas, las posibilidades que encierra una página que mi lápiz no se ha animado a tocar (supongo que por eso escribo en este blog, porque no me da pena que se "ensucie"). Me gusta escribirte a mano y que con ello venga la esperanza de animarme a darte un fajo de hojas manuscritas un día de estos. Vos no lo sabés, pero después de la selva mi letra regresó más pequeña y ello me recuerda un poema en prosa que te escribí hace mucho. Tampoco sabés que en la madrugada del 1 de enero encontré un ángel o que la titánica tarea de ordenamiento habitacional me llevo a concluir que tengo demasiados libros por leer y que debería comprar libros nuevos hasta después de reducir esa torre de palabras que me espera. Que la cosa es así, que no logro evitar guardar libretas en blanco o escribirte.
  

Mi primer libro

Alguien en el mundo piensa en mí

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