lunes, noviembre 15, 2010

A dos pasos del paraíso

Comparto un cuentecillo que no cupo en una antología, pero que cabe acá. Acepto comentarios y críticas.

Salú

A dos pasos del paraíso

Por Adelaida Loukota

Giró la llave y bombeó gasolina. El carro tosió, ahogado. Dejó el intento, soltó el pedal y se quedó quieto, con la vista fija al frente. Había una calle, una hilera de casas con rejas en las ventanas, un camión de la basura en sentido contrario. Hoy no, por favor hoy no, pensó. Arranca por favor. Giró de nuevo la llave, bombeó gasolina de forma intermitente, casi arranca. Ese casi lo serenó por un momento, quizás si intentara una vez más. Sabía que no lograría mucho si se bajaba a revisar el motor. Sin embargo, abrió el capó, se paró frente a su Toyota Corolla 82 y le pasó revista a todas las mangueras y cables que pudieran ser la causa del desperfecto. Incluso revisó los cables de la batería. Nada evidente. Seguro de que su carro sólo era temperamental, se subió y lo intentó de nuevo. Con delicadeza giró la llave y bombeó gasolina. Nada más que un estertor terrible.

Exploró sus posibilidades, irse en bus, llamar a Juancho para que pasara por él, pedir un taxi. Lo del bus lo descartó de inmediato porque era un acto suicida. Iba de traje, lo que lo convertía en víctima natural para cualquier asaltante. Además, llevaba la computadora portátil para la presentación que tenía que hacer y debía transbordar tres veces. Jamás llegaría a tiempo. Descartó el taxi porque no tenía dinero suficiente. Sólo le quedaba Juancho, su eterno cómplice en el trabajo. Lo llamó pero no le contestó porque había salido de madrugada en una comisión para revisar unas antenas en el interior de la república y no tenía señal.

Josué decidió intentarlo una última vez antes de perder toda esperanza. Giró la llave y, casi como un milagro, el carro arrancó. Una sonrisa iluminó su cara mientras metía primera y partía, por fin. Le esperaba un día importante en la oficina, de la presentación que le hiciera a sus jefes dependía el bono y el viaje para dos a Cancún. Pensaba llevarse a Catalina para celebrar que llevaban tres años de novios.

Su carro no tenía radio desde la noche en que lo dejó parqueado en una calle del centro histórico y se lo robaron. Tampoco tenía llanta de repuesto. Hacía poco había tenido que comprarle una batería nueva, porque la vieja se la robaron un día en que lo dejó parqueado cerca de la oficina. A pesar de lo constante de estos atracos no se los tomaba con amargura, de hecho, pensaba que era una suerte que no le hubieran robado el carro completo. Bromeaba con que se lo estaban llevando por partes.

Mientras manejaba iba repasando lo que diría en la presentación, que era lo más cercano a un reto intelectual que había tenido en años. Siempre fue un niño aplicado, incluso podría decirse inteligente. El colegio le resultó fácil, memorizar datos y quedar bien con los profesores no requería más que un poco de paciencia. Se iba de pinta pocas veces a la semana y se graduó sin perder una sola clase. Decidió estudiar ingeniería electrónica y se hubiera graduado hacía un año si no hubiera tenido que empezar a trabajar para pagar su crédito estudiantil. Su trabajo en la sección de servicio técnico de la empresa de telefonía móvil no era difícil, sólo demandante. Se había dedicado a él al punto de dejar de asistir a clases. No le pagaban tan mal y ahora tenía la oportunidad de ganar el bono y el viaje gracias al concurso “Mejora un proceso” al que convocaba la junta directiva cada año.

Se distrajo un momento y notó que el tráfico estaba más lento de lo habitual. La cosa no mejoró cuando pasó de la entrada del colegio que siempre era la causa del caos. El tráfico iba cada vez más lento. Vio su reloj, aún podía llegar a tiempo. Sacó un cigarro y al dar la primera calada pensó en Catalina, que lo regañaría por fumar tan temprano en la mañana. Catalina que le aguantaba que siempre le cancelara los planes porque lo llamaban para solucionar alguna emergencia en la oficina. Catalina que trabajaba en un call center y estudiaba mercadeo y estaba enamorada de él.

El tráfico se detuvo y Josué sintió una molestia en la boca del estómago, algo como un mal presentimiento. Pasaron cinco minutos y nada se movió. Ya estaba pensando en vías alternas, en el tiempo que se le venía encima, en la reunión a la que no podía llegar tarde. Miraba el reloj cada diez segundos. Estaba perdiendo su buen humor habitual cuando los carros empezaron a avanzar, lentamente. Se preguntaba qué podía ser la causa del embotellamiento, un accidente quizás o una protesta.

El tráfico se detuvo de nuevo. Esta vez la sensación en el estómago fue pura náusea, era muy poco probable que llegara a tiempo a la oficina, perdería su oportunidad de presentarle al consejo directivo su propuesta, con lo que perdería el bono y el viaje. Un motorista pasó a su lado, avanzando sin dificultad entre las filas de carros detenidos. Josué se sobresaltó cuando el tipo de la moto se detuvo al lado del carro de enfrente, tocó a la ventanilla con una pistola y le quitó el celular a la impávida chica que estaba hablando a su trabajo para avisar que llegaría tarde. Trató de concentrarse en su propuesta, quizás no todo estaba perdido. Aún podría llegar y pedir que lo dejaran presentarla. Seguro que si él no llegaba a tiempo le darían el premio a Mario, que se lo había ganado el año anterior.

La propuesta de Josué era firme, creativa, le ahorraría mucho tiempo y dinero a la empresa, sin duda era mejor que la de Mario; pero si no podía presentarla no importaba que fuera lo que fuera. Ya había sentido esa náusea una vez en el pasado. Antes de tener que buscarse el trabajo en esa compañía, había aplicado para una beca completa de estudios en Alemania. La perdió, no porque su promedio fuera bajo, porque su ensayo para aplicar fuera malo o por no cumplir con algún requisito. La perdió porque se la dieron a una compañera suya, sólo porque era mujer y dijo ser de origen indígena. A Josué le constaba que era igual de ladina que él, aunque un poco más morena. Sólo le faltó decir que su familia había sido víctima del conflicto armado, pero no llegó a tanto porque no le hizo falta. Ella podía ser el estandarte de la organización que daba la beca. Josué se moría de la rabia sólo de acordarse. Perdió una beca por no cumplir con la imagen que esas organizaciones internacionales venden de los desvalidos jóvenes que viven en los países del tercer mundo. Ahora iba a perder su bono por no llegar a tiempo.

Los carros empezaron a avanzar, se movieron algunas cuadras y todo se detuvo de nuevo. Josué no lo soportó más y se bajó del Toyota, iba dispuesto a averiguar qué estaba pasando. Caminó un par de cuadras entre los vehículos detenidos. A lo lejos vio una aglomeración de personas, tenían pancartas y protestaban por la falta de agua en el pueblo de San Juan. Tenían detenido todo el tráfico en ambos sentidos de la calzada. No se veía a la policía cerca.

Josué sintió una ira ciega que le subía del estómago y corrió hasta donde iniciaba la manifestación. Quería gritarles que hasta hacía una hora había podido sentir algo de simpatía por su causa, pero que ahora que había perdido el bono y el viaje se fueran a protestar al carajo, que se movieran y lo dejaran pasar. Quería decirles que la noticia de su manifestación pasaría en media hora, que a medio día nadie se acordaría de ellos y sus consignas, que a nadie le importaba que no tuvieran agua, tierra o lo que fuera. Quería decirles que no era culpa suya que el gobierno no solucionara sus problemas, que él no tenía nada que ver, que lo dejaran pasar. Se detuvo de pronto, cuando vio cómo los manifestantes apedreaban a un señor que había querido pasarse a un carril auxiliar y así darle paso a una ambulancia que llevaba a una mujer herida. La turba rugió. Josué tuvo miedo.

Los bomberos lograron meter al señor a la ambulancia. Josué se detuvo y supo que no tenía sentido ir a buscar que lo apedrearan a él también. Vio cómo la gente sólo se quedaba dentro de sus carros, con la vista al frente. Impotentes, sin voz ni voto. ¿Sería eso la indolencia de la que le habló su amigo Pablo alguna vez? Volvió a su carro y se sentó. Abrió la ventanilla y se dispuso a fumar de nuevo. Tendría que explicarle a Catalina que ya no se irían de viaje porque no había llegado a tiempo para presentar su propuesta. Pensó en llamar a la oficina, pero vio por el retrovisor que se acercaba un motorista y, quien sabe, podía robarle el teléfono al pasar junto a él.

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4 comentarios:

omarvelz dijo...

Mmmm... cuántas historias de esas no serán un "cuentecillo". Me ha gustado.

Saludos

Luisa dijo...

a la mitad ya sentía una tristeza abrumadora :) Me gustó mucho!

Adelou dijo...

Hola Omarvelz, la verdad si, quién sabe cuántas historias verdaderas serán de esa calaña :)

Abrazos para vos

Adelou dijo...

Hola Luisa, abrazos para vos también :)