no hay nadie como tu, mi amor

¡No hay nadie más exagerado que yo! En especial cuando de sufrir se trata. Tampoco hay por qué usar esa doble negación, tan fea; sin embargo a veces amanezco de buenas y me da por reírme un poco de mí misma.


Sabés, nadie se muere de amor, aunque Bosé diga que será despacio y en silencio. Supongo que me desespero por tu indiferencia y me da por sufrir horrores pero hoy por la mañana tenía más sueño que ganas de llorar, así que comprendí que extrañarte es sólo una de las miles de formas que tengo para pensar en vos. Comprendí que no hay nadie como tu y que la doble negación te elimina.

cuando estamos a punto de decir adiós

Sé que me veo un poco cansada; quizás porque guardo en los ojos lágrimas de días pasados y tengo esa costumbre tenaz de encorvarme al caminar. Supongo que a mi mirada también la afecta el contundente conflicto armado interno que mantengo en la cabeza. Vos sabés, por un lado está llena de vos y de las múltiples posibilidades que me regala tu nombre y por el otro está esa certeza del absurdo en que me convierto cuando te pierdo la esperanza. Hay días, amor, cuando comprendo ese fatal absurdo que es esperar que te enamorés de mí. Sin embargo, espero que al bajar al primer nivel de la biblioteca estés ahí, porque aún guardo juegos de palabras para vos, adivinanzas, música y silencios que podrían llenar días y días.

del lado de acá

Tengo un ataque repentino de frío. No sé si en el mundo cayó de pronto la temperatura o si son sólo estas ganas de verte las que me desbaratan. Me pongo un suéter y aguardo a que mi mano derecha recupere el calor, la izquierda no está tan fría. Me pregunto si la esperanza de verte aparecer será válida, me pregunto si podré meterme debajo del escritorio para que nadie me vea llorar.


Afuera de la ventana las hojas secas siguen moviendo al viento.

introspección

Siento cómo el dolor crece desde la base de mi nuca e invade toda mi cabeza, se instala en mis sienes. De un momento a otro llegan también la nostalgia y las ganas de llorar. En realidad no comprendo el proceso de esa lenta caída hacia el abismo de los días sin verte, de las cartas sin entregar, de la nostalgia de los besos no dados jamás. Por lo pronto, la tarde se llena con la sensación física de tu ausencia.

insaible

Manejo de vuelta a casa y alucino con una galleta de chispas de chocolate. Un par de kilómetros después también pienso en vos y comprendo que sería más fácil materializar un paquete de oreos en el asiento del copiloto que agarrar el teléfono, marcar tu número y que me contestés y hablés un poco conmigo.


Llego a mi casa y caliento un poco de sopa de espinaca para matar el hambre que me consume. A estas alturas mi celular no tiene señal, cosa que puede ser buena porque así no tengo que esperar que suene en algún momento. Sin duda me gustarían un par de galletas de postre; sin duda me gustaría contarte cómo estuvo mi día, que me contés algo del tuyo, una historia que me haga sentir bien.

Pasa el tiempo, llega la mañana y me subo al carro de nuevo. Suelo comer en mi casa así que temprano no tengo hambre; sin embargo, mantengo intactas las ganas de platicar con vos. Puede ser que te haya soñado o que se me haya ocurrido una idea genial, de esas que sólo a mí se me ocurren y que sólo vos entendés; puede que sólo necesite que me acariciés un poco con palabras y no te llamo porque sos como uno de esos fantasmas que se dejan ver de vez ebn cuando pero que nunca se dejan tocar.

yo

Algunos días estoy más consciente de mi cuerpo. Comprendo el largo de mis piernas, la distancia entre mis dedos, el tamaño de mis pechos. Me doy cuenta de mí misma cuando me acuesto sobre mi lado derecho, por ejemplo, y dejo caer mi peso sobre una almohada de tubo que impide estar boca abajo. Es esos momentos sé de mi pierna derecha estirada, de la izquierda flexionada para equilibrar. Sé de mi brazo derecho cruzado sobre mi pecho, de mi mano derecha apoyada sobre mi hombro izquierdo. Sé de mi brazo izquierdo estirado sobre el espacio que deberías ocupar vos para que yo pudiera acurrucarme en tu costado.


cuando son casi las siete

Son casi las siete y no está del todo oscuro afuera. Mi computadora insiste en ronronear para recordarme que puede estallar en cualquier momento. Itunes insiste en poner la música que se le da la gana y yo sigo haciendo informes. Me atacan las ganas de llamarte, me brincan encima, me muerden y me dejan restos de todas las palabras que no te diré. Sabemos que no te llamaré.

érase una vez

Soñé con el fin del mundo, amor. Se abrió un túnel en el cielo y de él salió un dedo verde y gigante que me señaló y me aplastó contra el pavimento; pero en el mundo de los sueños nadie muere porque un dedo gigante se le venga encima, así que salimos corriendo (no sé con quién estaba), llegamos a una tiendita de colonia y nos reunimos con mucha gente que estaba comentando el asunto. Entonces apareció "el elegido" vestido de jeans, con un capichai de Momostenango, había milpas al fondo y algo como la emoción que te da cuando ves una película del fin del mundo y sabés que ya no hay remedio. Después apareciste vos, con enigmática sonrisa de gato de cheshire y me abrazaste y entonces supe que todo iba a estar bien.


Desperté con el sueño pegado a todo el cuerpo, con ganas de verte.

abrazar-te

Venía de vuelta después de una larga caminata y pensé que al llegar a mi cuarto me gustaría que estuvieras ahí para abrazarme. Sólo abrazarme y aliviar con el calor de tu cuerpo el frío que el viento instaló en la punta de mi nariz. Porque abrazarte borra las diferencias entre nosotros; si me encierro en tus brazos se hace menos importante si no nos gusta la misma música o si se te hace difícil soportar el silencio que a veces me acompaña.


Necesito abrazarte, aunque eso no me cure del mundo, sólo para reconfortarme.

luces de una ciudad extraña

Mi computadora dice que son las 8:03 p.m., el reloj de la noche me dice que en esta ciudad son las 10:03 p.m., que tengo que afrontar la realidad del tiempo y la distancia. Vos estarás cenando, platicando con amigos, tomando cerveza, leyendo quizás; mientras tanto, yo pienso en vos.


Las luces allá afuera me recuerdan que estoy en un lugar extraño, en medio de una ciudad que no reconoce mis pasos ni sabe nada de los mecanismos de mi nostalgia. Me gustaría que me acompañaras a conocer los callejones que salgo a explorar cada vez que puedo. Me gustaría que supieras que mi amor se mantiene intacto aún en la lluvia que cae sobre los diversos edificios que conforman este paisaje.

Vos en tu rutina no sabrás que me dormí tarde (aunque temprano si sigo el hilo de mis horarios habituales), que pensé en vos hasta en el último momento del día, que te extraño.

cuando me quedo a esperar a los fantasmas

Es domingo por la tarde y por primera vez en mucho tiempo, años quizás, tuve un tiempo para quedarme sola y pensar un poco. Me pregunté por qué te extraño, por qué sigo pensando en vos aún cuando sé que no estaremos juntos; que no te encontraré por los barrios de mi realidad.


Pensé en los silencios, en las explicaciones no dadas, jamás pedidas. Pensé en muchas alternativas para justificarme; sin embargo, no lo haré. Afuera de esta ventana está la ciudad, la hermosísima ciudad y es muy tarde para seguir con el tren de pensamientos que me lleva a todo lo que pude hacer mal.

Sé que estás en algún lugar a miles de millas de acá. Sé que esperás por mí, que un día de estos todo estará bien porque a veces encuentro una respuesta en la nostalgia que me trae tu nombre. Porque la esperanza puede llegar en forma de hoja seca y quedarse en mi zapato.

Mi primer libro

Alguien en el mundo piensa en mí

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