martes, septiembre 23, 2008

de viajes. Los caminos

Salí de mi casa a la hora de costumbre (entre las 8:00 y 8:30). El día amaneció nublado y había cierto brillo en la carretera. Estaba llegando al paso a desnivel de Mixco, Pedro Guerra cantaba vidas, vidas, vidas... el cielo estaba gris, la curva me hizo inclinarme levemente hacia la derecha y entonces lo vi. 

Iba colgado en el taxi blanco que iba delante de mí. La luz le pegó de frente y me pareció un objeto maravilloso, de esos que no sirven para nada y que yo (con lo compulsiva que soy) no compraría. Era una bola verde, de ese plástico que es viscoso y que se estira y se pega en todos lados y brillaba como si la magia residiera en su interior. Dos segundos después el hechizo había desaparecido. Sólo me quedó la certeza de encontrar el asombro en objetos viles y cotidianos. Pensé en El zahir (el de Borges, aclaro) y en la fascinación que uno puede encontrar en mitad de lo mundano. 

Pedro Guerra me cantaba al oído, el día empezó bien.
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