jueves, marzo 13, 2008

horas en la carretera

Cada día manejo 70 kilómetros en proemdio, poco más, poco menos. Paso una vez a la semana a hechar gasolina en la misma gasolinera y trato de no variar mucho la ruta, digo, por aquello de las costumbres de los hombres llamadas filosofía.

Hace un par de noches, cuando iba por fin para el hogar, entre la séptima y la sexta avenida de la zona 9 descubrí que vos hacés que me den ganas de leer poesía, hacés que me dé por creer en la poesía. Me bastaron menos de 100 metros para tener una revelación, a mí, que paso tanto tiempo en esas cuatro ruedas.

En fin, me comí los 35 km de vuelta a casa y casi no cené con tal de leer a Sabines. Les comparto un poema que explica mejor que mis desvaríos febriles por qué la poesía es buena:

Tu nombre

Trato de escribir en la oscuridad tu nombre. Trato de escribir que te amo. Trato de decir a oscuras todo esto. No quiero que nadie se entere, que nadie me mire a las tres de la mañana paseando de un lado a otro de la estancia, loco, lleno de ti, enamorado. Iluminado, ciego, lleno de ti, derramándote. Digo tu nombre con todo el silencio de la noche, lo grita mi corazón amordazado. Repito tu nombre, vuelvo a decirlo, lo digo incansablemente, y estoy seguro que habrá de amanecer.


Tendría que encontrarte una tarde de estas y ser capaz de decir que tu nombre llena mis tardes de trabajo y mis noches de lectura. Tendría que ser capaz de confesarte que tu nombre es la constante.
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