Todo mundo tiene algo que decir

Ayer por la tarde el mundo se enteró de que Robin Williams había muerto, los titulares hablaban de suicidio, de la pérdida de uno de los grandes del cine. Yo no le puse demasiada atención a la noticia, no salí corriendo a poner mis condolencias o a hacer comentarios en las redes sociales, pensé que era una pena que alguien con tanto talento se sintiera tan desesperadamente solo y no quisiera continuar con su vida. Hoy por la mañana me topé con comentarios que van desde que el suicidio es un hecho deleznable y nadie debería conmoverse porque alguien se suicidó, hasta los lamentos por la muerte del actor o los reclamos porque a la gente le duele la muerte del actor y no la situación de violencia en que vivimos y la gente que se muere acá por montones. A mí no me interesa discutir la moralidad del suicidio o los motivos que pueden llevar a un hombre a terminar con su vida. Solo sé que hoy por la mañana sentí una enorme nostalgia porque ese hombre ya no va a estar, él al que he visto toda mi vida en la pantalla, en papeles divertidos, ridículos, poéticos, serios; ese hombre cuya carrera duró poco más de lo que ha durado mi vida hasta hoy, será de ahora en adelante la certeza de su ausencia en mi mundo. Nunca lo conocí en persona, nunca me hizo falta hablarle, no sé nada de su vida personal, sé que era parte de mi imaginario, de esos momentos que nos construyen como personas cuando nos dejamos envolver por una historia, por el carisma de un personje. Sé que no lo voy a ver en una conferencia o haciendo algún nuevo chiste. Ahora es parte del pasado. Gracias por todo Robin.

Te desencadena el recuerdo

Cuando era pequeña acompañaba a mi mamá a todos lados. Andábamos en camioneta porque ella nunca aprendió a manejar, caminábamos mucho y siempre teníamos prisa porque los buses para mi casa dejaban de salir temprano en la noche y no podíamos perder el último. Una vez perdí un zapato al tratar de subirnos por la puerta de atrás a un bus prácticamente en movimiento, yo había insistido en que no me compraran zapatos de trabita, sino zapatillas. Regresamos por el zapato y perdimo el bus. Tuvimos que quedarnos a dormir en la casa de una tía. Mi mamá estaba embarazada de mi hermana menor. En esa época ella cosía, era ese tiempo en que no había muchas tiendas de ropa, no se diga pacas o ventas de coreanos. Las señoras miraban los modelos en revistas y ella se los confeccionaba; a veces, hacía camisas para una tienda de ropa para niños. Íbamos las tiendas de telas, las vendedoras ya la conocían y se ponía a platicar con ellas. Recuerdo que siempre me gustaron esos rollos enormes de tela, los colores, los dibujitos, las texturas. Hace rato salí a comprar galletas y pasé por una esquina donde acaban de abrir una tienda de telas. No entré al local, estaba parada esperando a que el semáforo cambiara para atravesar la calle, cuando sentí el olor de la tela. Eso desencadenó un sentimiento primero, luego una serie de recuerdos. Yo suelo pensar en palabras, en imágenes, es curioso darme cuenta que también recuerdo en olores.

un pájaro bobo

Mi corazón es un pájaro bobo que se aturde cuando hay mucho ruido. Vuela despavorido cuando algo lo sorprende, pero se queda quieto y dormido al calor de un abrazo en particular. Es tan dramático que cae en la nieve y agoniza de frío, aun cuando vive en un país tropical donde las heladas son más bien anomalías de febrero. Es un pajarraco que plantea disparates, que sabe que siempre puede volar más lejos.

Aparece y desaparece

Se sube al carro dispuesta a terminar de escuchar el libro que ha traído y llevado durante días y días, por caminos de ida y vuelta. Cuando enciende el radio truena “karma chameleon” y es incapaz de quitarla hasta que, varios kilómetros después, el club de la cultura termina su interpretación. Ha venido pensando en que “karma is a bitch... only if you are”, y no está segura si ahora podrá seguir con el libro, si logrará ponerle atención a la historia de ese señor que le parece tan interesante. A pesar de que le parece tan interesante. Porque su mente ya se desvió por sendas que la llevan lejos del embotellamiento en que se metió por salir tarde. Quizás cantar en voz alta aliviaría la incertidumbre, repasar las declinaciones del dativo de rosa, sumar las placas de los carros rojos que van adelante, cualquier tren de pensamiento que le quite de la cabeza la idea de que las cosas le pasan porque no hace lo suficiente, porque no es suficiente. Hay días en que la música debería corresponder a un estado mental distinto, hay días en que toda la gente debería quedarse en su casa para que ella pudiera llegar a tiempo. Si alguna de las placas sumara 14 podría pensar en algún cuento de Borges y partir por una de sus infinitas puertas, cosa que es imposible porque al final tendría que sumar el uno y el cuatro, y no logra llegar muy lejos pensando en cuentos que tengan que ver con el 5. Se le termina el camino y solo tiene esa metáfora del karma y el camino como el continuo donde uno cosecha justo lo que sembró, espera que el regreso sea más productivo, espera terminar el libro y ya.

Historias en tercera persona IV

Se pregunta qué pasaría si cambiara la periodicidad con que se corta las uñas de los pies. Se niega a contarle que tenía los ojos rojos, porque suele pasarle, que no puede disimular las súbitas ganas de llorar que atacan a cierta hora de la tarde. Se detiene en el verso de una canción y decide si es un mensaje del universo o no. Toma café. Toma agua, si le ofrecen agua. Toma vino, si le ofrecen vino. Le pone palabras, intenta ponerle palabras, a todo lo que sintió cuando terminó de leer el libro, a todas las ideas que no sabe cómo verbalizar. Intenta parecer normal. Camina todo lo que puede, pero no siempre consigue llegar a donde quería llegar. Se pregunta qué pasaría si hiciera esa llamada que ha estado postergando todo este tiempo. Se pregunta qué pasaría si le pusiera palabras a todo lo que sintió después de las ganas de llorar. Le sube volumen a la radio, después de todo, quizás sí es un mensaje del universo. Rastrea el sonido de su voz en sus recuerdos. Encripta y decodifica mensajes ocultos en los gestos que acompañaron la conversación. Duda. Acelera el paso. Se detiene un momento después. Recuerda un poema que escribió hace mucho tiempo. Tiene frío. Se pregunta qué pasaría si apareciera.

Historias en tercera persona III

La tarde está soleada y tranquila. Hay pocos carros en la calle, casi todo se mueve, menos él que no se va. Está semidesnudo y se baña, con evidente satisfacción, en una fuente del arriate central. Lleva el agua a su cabeza, ríe. Cuando lo ve ella descubre que no es capaz de contar historias felices, quizás porque la alegría te deja sin palabras, porque es difícil ponerle adjetivos a los momentos felices del mundo. Lo mira un momento más y sigue su camino. Piensa que si supiera dibujar haría un cuadro lleno de luz del sol en que el que él fuera el protagonista, porque si se decide a contar su historia la convertirá en algo más sombrío, lleno de nostalgia. Guarda la imagen del joven de la fuente junto a otros momentos que lleva en su mochila hace años, que recordará aunque aparentemente no sea importante.

Historias en tercera persona II

Ella sabe que no es buena compañía, de serlo, él la habría llamado para que salieran de nuevo. Entiende cada una de las razones por las qué se ha ido quedando sola, cómo llegó a convertirse en ese ser incapaz de sostener una charla liviana y cómo la abruman las ideas densas con las que no quiere aburrir a los pocos que se acercan. Comprende el peso de sus opiniones y el conflicto armado entre sus voces internas. Una sola vez logró hacer las preguntas correctas, aunque tampoco le valió de mucho. Tiene toda clase de historias para llenar los silencios, si no fuera porque ama los silencios.

Historias en tercera persona I

Ella no tiene ganas de escribir. Supone que eso se debe a que, últimamente, ha visto a demasiada gente llorando en la calle. No sabe si antes no se percataba de las personas a su alrededor o si ahora hay alguna especie de epidemia que contagia a los transeúntes con un llanto incontrolable, pero que no les impide seguir caminando. Ella ha llorado muchas veces cuando va manejando, en especial cuando está cansada y es de noche y ha llovido y no entiende bien a bien por qué el mundo es como es y por qué a ella la ataca ese desconsuelo que se manifiesta como ese llanto fluido, sin mayores escándalos e hipos. Ella no puede evitar imaginarse las historias terribles que deben esconderse detrás del llanto de esas personas. Una mujer joven seguro lloraba porque acababa de dejar al hijito en la guardería y podía, por fin, sacar todo el llanto que había estado guardando para que él no la viera así. A ella le gusta coleccionar imágenes que tienen que ver con las esquinas de las cosas, minutos intrascendentes que la hacen olvidar momentos importantes, quizás terribles, de los días pasados.

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