son casi las 7

Una especie de latido en mi cabeza me dice que si estuviera en otro lado tendría más posibilidades de encontrarte. Estoy a punto de hacerle caso a ese rumor en mi sien cuando recuerdo que no tengo a dónde ir, que son casi las siete y ya no te busco desde hace unas semanas. Intento no caer en la tentación de poner canciones de Silvio para cantar dentro de mi garganta, a voz bien bajita, “ya no te espero”. Estás a punto de materializarte como recuerdo cuando decido dejarme llevar por la angustia, sólo por un par de minutos. Prefiero llorar por cualquier video sentimentaloide que devolverte el estatus de pensamiento activo en mi tarde. Quizás sea buena idea salir a caminar, ponerme en movimiento, ignorar que este par de audífonos funcionan como ancla y dejarme caer.

Entonces

Decidí dejar de escribirte y no supuse que eso me llevaría a dejar de escribir por completo. No podía imaginar en ese momento que mi mundo estaba tan lleno de vos, no quería admitir que mi mundo estaba tan lleno de vos, supongo que siempre quise convencerme de vos como ausencia, como mero espejismo de mis tardes sin café. Antes dejé de hablar de vos, dejé de aburrir a mis amigos con las teorías de la conspiración que te acercaban o alejaban de mí, dejé de inventar historias en que llegabas a buscarme y éramos felices. No pensé estar tan cerca de ese punto al siencio. Después empecé a pensar en vos con otros nombres, a ponerle disfraces a mis ganas de encontrarte. Entonces aprendí a extrañarte con todas las letras de tu nombre, con todas las lectras del silencio y lo que no te escribo.

Yo nunca, nunca...

Yo nunca, nunca he sido de esas que se cuelgan del cuello de su novio mientras dan grititos de júbilo y le dicen “mi amor, qué bueno”. Quizás porque pocas veces he salido con tipos mucho más altos que yo; quizás porque nunca he sido pequeñita y fragil. Me hubiera gustado ser pequeña, no hablo de ser delgada, hablo de ser una de esas muchachitas que parecen tan vulnerables y que los novios parecen tener tantas ganas de cuidar. Quizás tenga razón Miranda July en su cuento Roy Spivey, porque la protagonista dice ser alta y tener la necesidad de parecer pequeña para él: “En realidad no es pequeño, pero todos somos niños mientras dormimos. Por esta razón, siempre dejo que los hombres me vean dormida desde el principio de nuestra relación. Les hace darse cuenta de que, aunque mido 1.80, soy frágil y necesito que me cuiden. Un hombre que puede percibir la debilidad de un gigante sabe que es, en efecto, un hombre. Pronto, las mujeres pequeñas lo hacen sentir casi amanerado y, he aquí, ahora le gustan las mujeres altas.” Pero tampoco soy tan alta. Yo nunca, nunca he sido de esas que se ponen tacones a diario y que no pueden salir de su casa si no están bien arregladas y maquilladas. Quizás porque siempre me he engañado pensando que voy a encontrar a ese que me querrá con lo despeinada que soy, que verá adentro de mis ojos todo lo que necesita ver. Yo nunca, nunca logré que te enamoraras de mí, aún con todas las cartas, con todas las historias, con todas las ganas que te tenía, supongo que nunca, nunca logré conmoverte. Yo nunca, nunca pensé que me iba a cansar de esperar a que aparcieras al cruzar en cualquier esquina y, he aquí, que he estado pensando que nunca, nunca te encontraré, que vos ni me estás buscando. Quizás porque buscás a una mujer pequeña y fragil, que se maquilla todos los días y usa tacones, que se puede colgar de tu cuello mientras da grititos de júbilo y a la que no le gustaría, ni de broma, un cuento de Miranda July. Yo nunca, nunca creí que te perdería la esperanza pero últimamente los nuncas me llegan en futuro en lugar de pasado.

Así que esto es

Así que esto es la nostalgia física, pensó. Saber que puedo subir ese puente y cruzar a la derecha y luego a la izquierda para llegar a tu casa pero que no importa si sigo de largo porque de todas formas no te voy a encontrar ahí.

Así que esto es lo definitivo, pensó. Saber que no estás en las fotos de mi cumpleaños o del viaje a la selva, saber que estabas solo en un café del otro lado del mundo y yo estaba sola en la sala de mi casa, derrumbada en un sillón viendo una película vieja que pasan cada año para navidad y que se me iba a ocurrir llamarte hasta muchos días después.

Así que esto es lo que no te cuento, pensó. Saber que hace meses que no te respondo el último correo porque no sé por dónde empezar.

No pertenece

Algo en tus fotos me dice que no volverás
tengo la certeza de vos en una ciudad con puentes
la certeza de madrugadas venideras sin luces bajas
supongo que lo que más me preocupa
es mi noción de no pertenecer al mundo cuando tu mundo es otro
el vacío de la butaca de al lado recordándome que no estás
el silencio de las cosas que no te cuento
saber que podría cruzar en alguna calle y llegar a tu casa
saber que aunque cruce no te encontraré

Solo tendría que acelerar

Me gusta besar, me gusta besarte. Del carro que va adelante tiran una colilla que estalla en chispas contra la barda, contra el asfalto. A mi derecha un camión enorme va demasiado rápido, me atrapa el vértigo.


Me gusta besar, me gustaría besarte. La carretera cobra un carácter hostil, el camión rebasa por la derecha, yo acelero para dejarlo atrás. Es curioso que se funda el vértigo de un beso tuyo con el vértigo de un posible accidente que no me deje volver a casa.

Los motivos de la tercera persona

Hace un rato ella hablaba con unos amigos. Uno de ellos le dijo que ya era tarde para decirle a él que le gusta, que él está lejos y ya nada se puede hacer. La vio a los ojos y le preguntó ¿qué querés, empezar algo a larga distancia? Ella lo vio a los ojos y le dijo que no, pero que lamentaba no haberlo besado, no haberle dicho que le gustaba. En ese instante le pesaron los besos que no dio, las palabras que no dijo. Sonrió, se quebró por dentro.


Ahora intenta trabajar, intenta no pensar en él. Habla de sí misma en tercera persona. No quiere admitir en voz alta que lo extraña, que sabe que él es la persona que quiere en su vida, que necesita una oportunidad para decirle todo lo que no dijo antes. Le importa que él no lea lo que le escribe, que no se entere y, aún así, no ha decidido si alguna vez le mostrará la libreta con todas sus promesas de amor.

Le gustaría ser más paciente. Creer que él no encontrará a nadie en el mundo con quien se sienta mejor que con ella, que la elegirá, que volverá un día y le dirá "hey, veamos qué pasa si nos quedamos el uno con el otro". Le gustaría decir que los horóscopos chinos se equivocan, que la distancia hace más fuertes los lazos. Le gustaría que él también lamente no haberla besado.

Busca, busca un problema ya

El menú del restaurante chino nos declaró incompatibles. Una oveja y un buey no están destinados a estar juntos, se supone que no les irá bien. De hecho, decía que la oveja seguro le traería problemas al buey. No tenés idea de las ganas que tengo de buscarme problemas con vos, de las ganas que tengo de enamorarme de vos.

Mi primer libro

Alguien en el mundo piensa en mí

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